47 millones de argentinos pendientes de un equipo, pero con los ojos puestos en el 10.
Expectantes de lo que puede pasar con el resto, obvio, así es el juego en conjunto, pero a sabiendas que si EL no se ilumina lo demás resulta insuficiente.
Los propios, nosotros los argentinos, lo miramos y le rezamos a San Lionel. Gritamos en el interior como ese fan grotesco "trae la copa".
Los otros, los adversarios, lo miran y estudian para saber cómo entrarle sabedores que si le queda a tiro los vacuna.
Los que se peinaban para la foto del predio a los codazos se ponen nerviosos cuando la toca.
El tipo es creativo, conoce el juego.
Lo juega profesionalmente hace más de 15 años.
Saben que es inteligente y hábil.
Le tiran por elevación, pero en definitiva están asustados, sus egoísmos no les permiten reconocer que el tipo es un distinto.
Un jugador de toda la cancha.
Que no importa como soplen los vientos, los encara de frente, le sobra coraje y gambeta.
Él está tranca, sabe que no solo está en juego la ilusión de un país entero, sino la propia.
Jugó todo, ganó mucho pero también perdió, sintió el polvo de la derrota con la que más le interesa la celeste y blanca. Por eso estoy seguro que va a poner todo.
Me corrijo, lo está poniendo.
Sabe qué hay un pueblo que lo mira, que necesita esa alegría colectiva.
Es consiente qué tal vez sean sus últimos juegos por la copa mayor.
Es respetuoso a sabiendas que el técnico es otro u otra, uno se confunde con esto de los géneros, pero cuando puede hace lo que más sabe: resolver con pragmatismo. No en todo hay lugar para ideologías, se trata de meterla adentro, después de todo ¿quién se acuerda si el equipo juega bonito? Lo importante son los resultados.
De Messi puedo decir lo mismo.